¿Somos más felices después de los 50?

Pasó Navidad, celebramos el año nuevo y la palabra FELIZ se paseó por todas las conversaciones, saludos, despedidas, mensajes de texto, memes y todas las formas de comunicación de moda. FELIZ NAVIDAD, FELIZ AÑO NUEVO, felices todos porque es época de compartir en familia o con amigos (¿en serio, todos felices?), felices porque al fin se acabó el año y tenemos la oportunidad de hacer mejor las cosas (o de manera diferente) y la FELICIDAD pasó de boca en boca sin recato ni mesura. Pero en muchos casos, no pasó de ahí. Se quedó en la boca.

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Uno abre cualquier red social y se encuentra con millones de fotografías de gente sonriendo. A los niños les enseñamos desde muy pequeños, que cuando una cámara está en frente, hay que sonreír. Y vamos por la vida haciendo muecas de mentiras, para que otros vean lo bien que fingimos ser felices. A mí me enseñaron desde chiquita que la ropa sucia se lava en casa. Lo malo es que también me enseñaron, no desde tan chiquita, que uno no puede mostrar sus éxitos porque despierta envidia. O sea, vamos por la vida mostrando la “felicidad de foto”, la que no dice nada, puros dientes blancos, piel sin arrugas, nada de papadas, ni barrigas, ni muecas, cara inclinada, poses de modelos. ¿Les ha pasado que es casi imposible que una foto grupal deje satisfechos a todos?

Después de los 50, más felices, más auténticas

Hubo un tiempo (no hace tanto) en el que nos tomábamos fotos para que quedara el recuerdo del momento. Los que tenemos más de cincuenta sabemos qué es sentarse a ver álbumes y morirse de la risa con las anécdotas (o tal vez soltar unas lágrimas de nostalgia), las fotos no tenían reversa, uno salía como salía y sólo podía descubrirlo cuando las entregaban reveladas. Y claro, sonreíamos para las fotos, pero era imposible que salieran perfectas, porque eran fotos de los momentos de la vida, que a veces o casi siempre, no son perfectos.

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Los invito a hacer un pequeño recorrido por la felicidad en las diferentes edades. Dicen por ahí que la infancia es la etapa más feliz de la vida. No me atrevo a discutirlo, sólo sé que la mayoría de los traumas más duros de sanar vienen de allá, de esos días de juegos, en los que uno vivía el presente, pero los padres no, en los que uno era auténtico, pero le enseñaban a “portarse bien” a las buenas o a las malas.

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Y qué decir de la adolescencia, con los cambios hormonales y la necesidad de descubrir quién es uno mismo y en qué se está convirtiendo, la confrontación con los padres y los maestros, la búsqueda de aceptación social, la curiosidad por TODO lo prohibido, el ser un poco niños, un poco grandes, descubrir que los adultos se equivocan, el primer beso, la infinita y paradójica necesidad de ser como todos y al mismo tiempo ser diferentes.

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Por fin uno se gradúa del colegio, lanza el birrete al aire, libre de esos maestros represivos que lo único que saben es regañar.  Una vez terminadas las celebraciones empieza la presión por estudiar o trabajar o ambos o ninguno y ser “alguien en la vida”. Llegan los amores, los desamores, las borracheras locas, las resacas morales, las carreras universitarias, los “yo ya no quiero estudiar eso” o “yo lo que quiero es trabajar y tener plata” o los recién egresados llenos de sueños buscando trabajo o ideando emprendimientos.

Y cuando al fin uno sabe (o cree que sabe) quién quiere ser, llega a los treinta  y cuarenta, luchando para alcanzar el éxito, la fama, la riqueza, con la responsabilidad de sacar adelante una familia o decidir no hacerlo (con toda la presión social encima) y para colmo de males, empieza la lucha para que el paso de los años no se note. Entonces,  el ser se deja a un lado, porque sólo hay tiempo para hacer y tener. Les juro que quedé exhausta con este párrafo.

Hasta que uno llega a los cincuenta y ocurre un milagro. A unas personas les pasa antes, a otras después, no es cosa de cumplir años y transformarse de un sólo golpe. Es una especie de revelación que no depende de la situación económica, ni de ser abuela, ni de la situación sentimental o del perfil profesional. Poco a poco uno descubre, que ya no tienen relevancia ciertas cosas (tener un abdomen plano, ser millonaria, hacer voltear la miradas cuando camina), la presión de social baja en muchos aspectos o desaparece o  ya no  importa, uno descubre qué le gusta y qué no, qué puede desechar.  Ahora el  ser, realmente es  más importante que hacer o tener. Uno aprende a reírse de sí mismo, el viernes es un día más de la semana y si hay programa está bien, si no tiene ganas de salir no sale y si no hay salida no hay drama porque la cama, ver una serie o leer un buen libro, resultan perfectos.

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