¡Ay… me duele todo!

Que lance la primera piedra la persona que haya llegado a los cincuenta y más (o menos) y no haya estrenado un dolorcito nuevo o empiece a andar “crocante” (ya saben…articulaciones ruidosas).

Pero a ver…hagamos cuentas. ¿Cuántos pasos habremos andado durante todos estos años de vida?¿Y qué tal todos los abrazos dados y recibidos? ¿Qué me dicen, quienes han sido madres (o padres), las cosas que hicieron con una mano derecha mientras cargaban a sus bebés con el otro brazo? ¿Y qué tal las bailadas o las caídas o las carreras locas para llegar a a tiempo al banco, al trabajo, al colegio de los niños o a esa cita “especial”? Ni se diga de las levantadas a saltos cuando olvidamos poner la alarma o la apagamos medio dormidas. Es bastante lógico tener algo de desgaste en las articulaciones, cansarse un poco más que antes, andar más despacio, tomarse la vida con más calma.

¿Les ha pasado que sin darse cuenta, cuando están en una conversación entre amigas los temas centrales son los dolores, las enfermedades, los calores y el insomnio? Y claro, se habla de otras cosas, pero reconozcamos que los siguientes temas ganan el trofeo de ser los mas solicitados: las rodillas, el sobrepeso, la memoria que ya no es la misma, el túnel carpiano, la ciática, los “micos” en la nuca, el lumbago, el manguito rotador…(ay ya me dolió la espalda de pensar en todo esto).

Menos quejas, más acción

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Un día nos despertamos con un dolor nuevo. Tomamos un analgésico y seguimos la vida normal. Pero pasan los días, el dolor vuelve y se hace más fuerte. Quizás nos duele agacharnos, subir escaleras o levantar cosas un poco pesadas (o todas las anteriores).

Tenemos varias opciones:

  1. Podemos quejarnos y empezar a evitar ciertos movimientos, dedicarnos a tomar medicamentos para el dolor, deprimirnos porque se nos esfumó la juventud (aunque nos veamos regias y “aparentemos vernos más jóvenes”) y sentarnos a esperar a que aparezcan más dolores.
  2. Decidimos tomar cartas en el asunto, ir al médico, a fisioterapia, buscar terapias alternativas, hacer cambios en algunos hábitos y rutinas, revisar posturas. Nos animamos por fin a bajar de peso, empezar a hacer ejercicio, salir a caminar, matricularnos en un gimnasio (y asistir, claro), ir a yoga, en fin, movernos.
  3. Además, podemos revisar nuestras emociones, analizar cómo nos hemos estado sintiendo, cómo están las relaciones (con la vida, con los sueños, con el trabajo, con los demás y nosotras mismas). Aquí podría ser útil una asesoría psicológica, coaching o hablar con las amigas.

Lo que quiero decir es estrenar dolores no es una condena, pero sí es una alarma para que empecemos a hacernos cargo de nuestro bienestar y a cambiar (si queremos), algunos hábitos de vida.

Bienvenido lo nuevo

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Reconozco que estoy orgullosamente crocante, que tengo unos dolores que andan caminando por algunas esquinas de mi cuerpo.

Hay una frase que ya se volvió cliché, pero no por eso deja de ser sabia: loco es el que espera resultados diferentes, haciendo siempre lo mismo.

Pues sí, mis queridas amigas y amigos, cuando nos volvemos crocantes, hay que hacer cambios. “Es que yo nunca he hecho esto o aquello”, “es que yo siempre he hecho esto de la misma manera”, “es que loro viejo no aprende a hablar”, son frases con las que hemos crecido, pero ya somos grandes, podemos elegir pensar distinto, actuar distinto, vivir distinto a lo que nos han enseñado.

Que siempre hayamos hecho algo de la misma manera no quiere decir que no se pueda variar, experimentar. Y si transitar rumbos nuevos nos da un poco de miedo, pues busquemos cómplices. Qué pereza esas compañías que nos dicen que no podemos, que cuidado, que “qué miedo”, esos bomberos que apagan el fuego de nuestros sueños o nuevas ideas ideas (por más locas que parezcan). A esta edad, a los cincuenta o más, tenemos suficiente criterio, tomamos decisiones autónomas, dejamos de fijarnos tanto en lo que piensan los demás.

¡Que viva el cambio!whats-next-1462747_1920

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