No me hallo

Tal vez alguna vez te ha pasado. Tienes una sensación de hormigueo en las puntas de tus dedos, un vacío doloroso en la boca del estómago, un miedo sin amenaza, una angustia sin explicación. Sientes que algo malo va a suceder, como si un peligro invisible te respirara en la nuca. Estás a merced de un péndulo que sin cesar te lleva de un extremo a otro. Desaparecen tus certezas, la incertidumbre te atormenta, no sabes si quedarte o huir. Es una sensación inexplicable de sí pero no; no quieres ir pero tampoco te quieres quedar; no tienes hambre pero quieres comer; pierdes el sueño entre predicciones absurdas de desastres; quieres moverte, pero estás paralizada. NO TE HALLAS. Es un hecho. La ANSIEDAD ha forzado tu puerta y ha logrado entrar. Tus cerrojos han sido violados. Puede llegar a convertirse en el peor de los huéspedes. Pero quiero decirte que no estás perdida.

frase cortazar

La culpa y el miedo al que dirán

Decidí hablar de este tema, porque a pesar de que con el paso de los años aprendemos a soltar cargas, esclavitudes y culpas, a nuestra edad pesa sobre nuestros hombros, la obligación de ser sabias y de tener resueltas las cosas prácticas de la vida. Y yo me pregunto… ¿Envejecer es garantía de sabiduría? ¿El tener estabilidad económica garantiza una existencia sin preocupaciones? ¿Si tengo tiempo disponible y quiero usarlo para mí, soy egoísta? ¿Elegir con quién o dónde estar me convierte en maleducada o antipática? ¿Decir sí o no sin culpa, significa que soy insensible?

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Yo no tengo las respuestas (aunque sí mis propias opiniones). Soy mejor haciendo preguntas que promulgando verdades. Lo que he descubierto, es que hay un sentimiento común entre muchas de mis contemporáneas: estamos hartas del TENGO QUE, pero al mismo tiempo, sentimos una tremenda culpa de hacer lo que queremos, cuando y con quién lo deseamos. Aún nos afecta el qué dirán o qué pensarán de nosotras, pero sobre todo, le tenemos un pavor casi irracional, al qué pensaremos de nosotras mismas si no cumplimos con las expectativas que nos ha impuesto nuestra cultura (educación, creencias religiosas, mensajes permanentes de los medios de comunicación).

La libertad, el mayor enemigo de la ansiedad

esposas

Cuando estaba estudiando Educación Física, propusimos, con mis compañeros de semestre, un proyecto pedagógico: Educación para la Libertad. Eso sucedió hace un poco más de treinta años. Sobra decir que causó un revuelo maravilloso en la universidad. Parecía que Educación y Libertad no eran dos palabras que pudieran ir juntas. Y nuestra definición de libertad, bastante contestataria por cierto, era “hacer lo que me da la gana”. Lo que verdaderamente proponíamos era una educación que nos permitiera tener herramientas para tomar decisiones libremente. Y bueno, después de treinta años, creo que esa propuesta está más vigente que nunca. Cuando la vida está gobernada por el miedo irracional sembrado con falsas creencias, normas absurdas y poca reflexión, nos volvemos esclavos de enemigos que no podemos ver y por lo tanto, enfrentar.

Así que yo propongo, que digamos ¡BASTA!. Basta de:

  • Vestirnos, peinarnos o comportarnos, de acuerdo a como se supone que deberíamos hacerlo a nuestra edad (¿quién determina eso?).
  • Tener miedo a expresar nuestras ideas aunque vayan en contravía a lo políticamente correcto.
  • Darle importancia a las opiniones que los demás tengan de nosotras.
  • Ir a donde no queremos por obligación social (o viceversa).
  • Ayudar a alguien para quedar “bien” (o por pesar…¿culpa?).
  • Luchar por tener un aspecto físico para darle gusto a los demás (si no les parece ideal…ni modo)
  • Ir a fiestas, reuniones, comidas, agasajos (etc) por obligación.
  • Dejar de comer o beber lo que nos gusta para evitar las críticas (o viceversa).
  • Dar explicaciones sobre por qué o en qué invertimos nuestro tiempo, pasión o energías.
  • Soportar una relación tóxica o de desamor por culpa, obligación o apariencias.

Podría seguir con la lista, pero creo que el punto está suficientemente claro. Estoy hablando de libertad. Libertad para ser, sentir, decidir, actuar, expresarme. Y claro, la libertad da un poco de miedo, porque es imposible darle gusto a todo el mundo. Pero es que yo descubrí algo, al menos en lo que a mí concierne: la ansiedad logra entrar a mi vida, cuando traiciono mi esencia por complacer a los demás, a las expectativas que impone la sociedad, cuando dejo al final de mi mi lista de prioridades, SER LIBRE.

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No estoy haciendo una apología al egocentrismo, aunque tampoco me parece mala cosa reconocer que uno vale, que merece estar bien, darse gusto y ser feliz (cuando puede). Ahora bien, tampoco pretendo haber descubierto la fórmula mágica para desterrar la ansiedad. Eso se lo dejo a los especialistas en el comportamiento humano. Sé lo que a mí me funciona y quizás, a alguien más también pueda servirle. Cuando NO ME HALLO… me detengo, observo mi miedo, lo miro a los ojos. Intento encontrar cuál es la cadena que me oprime, esa que está haciendo que mi corazón enloquezca y se apodere de mí una desesperación infame. A veces doy unas cuantas vueltas (me enredo, no es fácil descifrarlo) y claro, la ansiedad toma asiento. Me sirve hablar con alguien de confianza o buscar ayuda profesional, porque cuando me escucho, me aclaro. Está bien pedir ayuda. Y cuando al fin reconozco qué es lo que me ata, tomo la decisión de liberarme y a la ansiedad no le queda más que irse con el rabo entre las piernas. Vale la pena esta lucha, el premio mayor, es una vida con más gozo y menos miedo.

Elijo la libertad

cadenas

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