Tiempos de tragicomedia

Nos encerraron detrás de paredes y tapabocas, pero no lograron callar nuestra risa.

Nos dijeron que no saliéramos, pero nuestra imaginación no sabe de cárceles y salió a volar cuando quiso.

Nos dijeron que no sabíamos hacer las cosas, y es cierto, no sabíamos, pero no había más opción que cometer errores y aprender de ellos.

Nos amenazaron con la muerte y a pesar del miedo, aprendimos a bailar con ella.

Nos vimos de frente con nuestra torpeza, pero al final, aprendimos a reírnos de nosotros mismos.

Nos dijeron que el mundo no volvería a ser el mismo, pero es que nunca lo ha sido.

Ríe, llora…

Lo que está pasando a nivel global no es un chiste, pero así somos los seres humanos, absurdos, incongruentes, podemos reír mientras sorteamos las aguas del miedo y la zozobra.

Hoy vengo a burlarme de mi, de ti, de nuestra ignorancia frente a tantas tareas que parecían ser tan simples (si…claro…sobre todo simples) y que dábamos por hechas, porque había detrás de ellas un ejército de seres antes invisibles y a quienes hoy, a las malas, los reconocemos como verdaderamente imprescindibles.

Tragedia y comedia: una pareja inseparable

Así somos, parecemos hijos de una pareja disfuncionalmente funcional. Sufrimos con tragedias, que luego, al contarlas, mágicamente se convierten en comedias. Pasarán los años y seguiremos hablando de las “embarradas pandémicas”. Unos cuantos habrán aprendido más de una cosita; otros no aprenderán nada o intentarán olvidar lo más pronto posible esta experiencia; y muchos, después de aprender a las malas, tal vez empiecen a valorar y a pagar con gusto por esos servicios que gracias a muchos, la vida de todos, es más cómoda.

Mis embarradas

Yo me precio de ser bastante autosuficiente. Lo que no sé hacer lo pregunto y si nadie sabe, pues me voy a internet. Pero no crean, hay cosas que no las explican bien en los tutoriales, como por ejemplo, arreglarse las cejas. Un día cualquiera saqué el espejo de aumento y…¡Horror, con mis cejas podrían haberse hecho trenzas! Así que busqué un tutorial y la cosa me pareció facilísima. Conclusión, no fue nada fácil. El resultado, tengo una ceja medio calva y me ha tocado aprender a maquillármela (ni me pregunten…espero que al salir de la cuarentena, el desastre haya desaparecido).

Vanidad impaciente

Y no me digan que las canas no son otra cosa muy complicada. Yo decidí dejármelas, así que por ese lado no hay problema. Pero muchas amigas mías no han soportado tener el pelo como una especie de nevado del Ruiz: mitad blanco, mitad café (o del color que sea). Unas han decidido ponerse pañoletas o gorras hasta que esos ángeles llamados estilistas puedan volver a trabajar (auxilio…que sea pronto). Pero la paciencia no es cosa demasiado cultivada, sobre todo en lo referente a la vanidad femenina; puedo asegurar sin el temor de equivocarme, que al terminar esta cuarentena, habrá filas (largas por aquello del distanciamiento social), en la puerta de los salones de belleza, con mujeres luciendo cortes asimétricos (no muy agraciados) y cabelleras multicolores.

Los nuevos maniáticos de la desinfección

Y qué tal la manía por el aseo y la desinfección. Yo no sé ustedes, pero salir de la casa es como ir a la guerra, armada hasta los dientes de tapabocas, alcohol, gafas (eternamente empañadas), oído aguzado al menor sonido de tos o estornudo, mirada sospechosa a todo el que se me acerque a menos de un metro, rasquiña en la nariz, sudor en el bigote debajo del tapabocas. Regresar a la casa, es todo un asunto de logística, quitarse los zapatos, desinfectarse las manos, abrir la puerta, alcohol en la manija y en las llaves, dejar los zapatos sucios, salto largo a la zona limpia de la casa, quitarse la ropa en el camino y agarrarla con dos deditos y cara de asco.

Ni se diga de ir a mercar y regresar a la casa. Jamás comí bananos con cáscaras oliendo a jabón; nunca se me ocurrió lavar el paquete de galletas, la bolsa de fríjoles, el inmenso paquete de papel higiénico antes de guardarlos. Mi nevera huele a jabón y alcohol, los tomates brillan, elegantísimos con los pepinos y las zahanorias que parecen recién salidos de un spa. Hasta me da un poco de vergüenza amenazar a esas verduras tan rozagantes con un cuchillo. No garantizo que la manía me dure más tiempo del que tomará al famoso virus en convertirse en huésped permanente de nuestras tragicómicas existencias.

Los mercados virtuales

Mercar por internet, la gran odisea. Y no es que sea difícil. Es que uno compra en el supermercado sin saber cuánto pesan realmente las cosas. Las libras y kilos parecen poca cosa hasta que a uno le llega a la casa un kilo de espinacas y toca convertirse en popeye, regalarle a los vecinos o aprender a hacer ensaladas, sopas, salsas, tortillas, batidos y cuanta receta exista o nos inventemos, a base de espinacas. Mercar por internet es una opción, pero nada se compara con el olor de los lulos, los mangos, las naranjas y inmensa variedad de frutas que tenemos la fortuna de ver en nuestro loquillo trópico.

Pandemia sin cuarentena

Y qué me dicen de los que salen a trabajar; la costumbre del abracito para saludar o despedirse transformada en una levantada de cejas o un namasté en pleno trópico. La vida entre tapabocas, gafas, el pelo bien agarrado con una cola para que se contamine lo menos posible, los guantes, ir al baño, quitarse los guantes (¿dónde los ponen?), comer (¿con tapabocas?), la nariz que pica, la boca seca. Y entonces alguien se distrae y se lleva la mano al ojo (con o sin guante) y en su mente, esos bichitos en forma de corona se lanzan al ataque, siente terror, pierde de un sólo golpe el sentido común y se lanza un chorro de alcohol, para casi terminar en una sala de urgencias con un ojo “picho” y rojo, y el orgullo vuelto trizas cuando cae en la cuenta de la brutalidad que acaba de cometer.

Las lecciones

Podría seguir hasta el infinito. Sé que estás recordando tus propias embarradas. Ojalá no las olvides. Por un lado, para practicar esa costumbre tan sana de reírse de uno mismo; por el otro, para recordar que la vida es una, que es corta, que a veces nos complicamos por bobadas y que hay mucha gente que hace oficios muy valiosos y poco valorados en nuestra sociedad.

Y antes de despedirme, los dejo con la inolvidable CELIA CRUZ y la canción, RÍE, LLORA.

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