Ojos que no ven…

Puedo apostar a que completaron este refrán. Yo vengo a proponer otro final: OJOS QUE NO VEN, CORAZÓN QUE SÍ, SIENTE.

En estos días recibí en un grupo de Whatsapp, un video que me dejó pensando. De hecho, en ese grupo, nos quedamos opinando un buen rato sobre el asunto. Permítanme ponerlos en contexto: un grupo hombres (que no se conocen), está reunidos en torno a una mesa, a oscuras y cada uno empieza a hablar de sí mismo. Al terminar, la luz se enciende, caras de sorpresa. Sus imaginarios y prejuicios, les jugaron una mala pasada. Las personas que estaban viendo, no se parecían a las que habían dibujado en la mente.

¿Cuántas veces nos hemos hecho una idea de alguien sólo por su aspecto, su forma de vestir, de hablar, de caminar, de comer, por su raza, sus modales, sus costumbres? Y ni hablar de cuántas veces, después de habernos hecho esa idea, no contentos con suponer y obviamente, equivocarnos, hemos tenido conductas discriminatorias o excluyentes, basados en nuestras suposiciones. Como en el juego de bolos, hacemos “moñona” (chuza, pleno, strike). Primero, imaginamos mal, suponemos mal y al final, tratamos peor. Bueno, tal vez eso no te ha pasado a ti, que estás leyendo en este momento (tal vez a un amiga de una amiga…); o…tal vez has sentido, en tu propia piel, ese triple ataque.

No vengo a juzgar a nadie, de hecho, creo que ninguno de nosotros se ha visto libre de haber prejuzgado y de haberse equivocado.

El prejuicio: un mal consejero

Photo by cottonbro on Pexels.com

Cuando nos hacemos mayores, es cierto que nos volvemos más cautos en muchos aspectos, pero también, a veces, más prejuiciosos. Soltamos refranes como si fueran verdades; refranes crueles, discriminatorios, mandados a recoger. No todo pasado fue mejor, aunque hay costumbres del pasado, que hemos olvidado y que tal vez podríamos recuperar. Pero nadie nace discriminando, eso, se aprende.

Tanto los que llegamos a la cincuentañez y más, como los que temen alcanzar esta edad, tenemos el reto de empezar a vernos y a ver el paso de los años, de una manera diferente. No sirve de nada taparse las canas, si, en el fondo, estamos muertos del miedo de envejecer, de perder la tan endiosada lozanía de la juventud, con su vitalidad, sueños, locuras, desenfreno. Pero…¿saben? El problema no es que nuestra piel no sea lisa y nuestras carnes firmes, el problema es la flacidez de nuestra vida. Así como se necesita hacer ejercicio y comer bien para tonificar los músculos y tener un cuerpo sano, necesitamos movernos internamente, para tonificar nuestra vida.

Tonificar la Vida

Estuve tentada a usar el término “tonificar el espíritu”; pero al remitirme a las definiciones, decidí no usarla, porque la idea no es entrar en discusiones religiosas o esotéricas (ni de ninguna clase). Le llamo tonificar la vida, a tener proyectos (el tamaño no importa), que hagan que valga la pena levantarse de la cama, cada día.

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Muchas personas sueñan con que llegue ese momento de la vida (ojalá, lo más pronto posible), para tener libertad de hacer lo que quieran con su tiempo, dejar de ser esclavos del reloj, de los compromisos laborales o familiares, los “tengo que”, los “me toca”, los “no tengo tiempo” y levantarse cada día, con esa especie de página en blanco, lista para ser llenada con lo que queramos.

Sin ir muy lejos, muchos tuvimos la oportunidad, a la fuerza, de estar frente a esa página en blanco, durante dos o tres meses de encierro obligado. Cada persona la llenó con lo que quiso o pudo, y no siempre, el resultado final, fue bello. Salieron garabatos, manchones, algunas páginas fueron despedazadas o quemadas, otras, casi quedaron impolutas.

La página en blanco

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No soy nadie para juzgar la página de nadie. No hay una mejor o peor. Yo sólo te pregunto ¿cómo quieres pintar la tuya cada día? ¿Dejarás que te digan cómo pintarla o que, peor aún, te digan que ya no vale la pena hacerlo, que eso es para jóvenes? Para mí, la vida de cada uno, es su propia obra de arte, su reto personal, su desafío íntimo.

Ahora bien, el asunto es que a veces no sabemos con qué, cómo o con qué llenarla. No suelo dejar muchos consejos en los textos de este blog, pero creo que este tema amerita algunas sugerencias. Y sólo son eso, sugerencias. Sé que a partir de ellas, saldrán excelentes ideas; estas propuestas que enumeraré a continuación, son como disparadores. Hace poco participé en dos retos de escritura y, cada día, recibía una sugerencia, un motivo que hacía que mi página se llenara, que movía mi mente y mi creatividad. Espero que este segmento, tenga el mismo efecto. Aquí van:

+ Una antigua afición desechada a causa del trabajo, de las obligaciones familiares o simplemente, que se quedó ahí…como estos puntos suspensivos.

+Algo que siempre quisiste aprender, pero no le sacaste tiempo, no lo había o perdiste el interés: un idioma, tocar un instrumento musical, hacer cocteles, sembrar flores, escribir poemas, tomar buenas fotos y mucho más…

+Una transformación o un reto personal, una meta, que te invite a planear una estrategia para alcanzarla, de cualquier tipo.

+Colaborar con alguna causa o inventar una forma de prestar servicio a la comunidad.

+Retomar relaciones, amistades.

+Inscribirse en un curso, sé que la virtualidad no le gusta a muchos, pero es lo que hay, y…¿ qué tal si eso es el inicio una nueva meta, de nuevas relaciones o de un sueño por realizar?

Los imaginarios sobre la vejez

Photo by cottonbro on Pexels.com

Envejecer no es el problema, los únicos que no llegan a viejos son los que mueren jóvenes (tomé prestada esta frase de algún lado). El problema real, es creernos el cuento de que al envejecer, se acaban las razones para vivir, que ya se hizo lo que se tenía que hacer, que ya no hay más por aprender, que ya somos como somos y que ya nadie nos cambia.

Hace poco me llegó otro video (en serio hay videos muy buenos que lo mueven a uno, y bueno, aquí estamos, compartiendo esos pequeños temblores que nos ayudan a replantearnos), en el que le preguntaban a varios jóvenes, cómo se comportaría una persona vieja, cómo se vería y cómo se movería. Ellos, siguiendo el imaginario social, se movieron con lentitud, torpeza y cansancio. Luego tuvieron la oportunidad de interactuar con personas que pasan de los 50, 60 y 70 y descubrieron que no se parecían a esos que habían imitado al principio. Los jóvenes cambiaron su forma de ver la vejez, pero es que interactuaron con personas que ya la habían cambiado consigo mismas.

He escuchado a más de una persona que me dice que no se siente vieja, bueno, y me parece perfecto, pero su lenguaje y su forma de actuar no lo revelan: conversaciones centradas en los achaques de salud, críticas a los demás por cómo viven, límites a sí mismos considerándose muy viejos para aprender cosas nuevas. La coherencia, como el sentido común, hay que cultivarlos.

Mi conclusión final, si es que un tema como este es susceptible de concluirse, es que los imaginarios sociales están en todos, que prejuicios tenemos todos, pero las personas que más juzgamos y con quienes más prejuicios tenemos, somos nosotros mismos. Si queremos que nos vean de manera diferente, vamos a tener que empezar a vernos, sentirnos y comportarnos de manera diferente, no como nos han enseñado, sino construir, dentro de nosotros mismos, una nueva forma se vernos, sentirnos y comportarnos.

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