Tomémonos un tinto, seamos amigos

En Colombia, tomarse un tinto, no tiene ninguna relación con el vino; tomarse un tinto para un colombiano, es disfrutar de una taza (casi siempre grande), de café humeante, casi hirviendo, a cualquier hora, en soledad o acompañados; haciendo visita o hablando de negocios; acompañando un velorio o al final de un opíparo almuerzo; cualquier situación puede ameritar tomarse un “tintico”, unos lo toman bien “cargado”, otros “clarito”, algunos lo hacen en “aguapanela” o le mezclan un poco de leche y lo “pintan”, y sin duda, no hay nada como tomarse un tinto bien conversado.

Vivimos tiempos revueltos, en los que parece que la polarización está siendo más destructiva que las enfermedades; el fanatismo se ha tomado al mundo, sólo los que piensan igual pueden intercambiar ideas en paz, el pensamiento diferente es para muchos, una especie de afrenta personal, los absolutos todo, nada, todos, nadie, siempre, nunca, se han vuelto candados mentales que impiden crecer dentro de la diferencia. Las familias se quiebran a causa de las discrepancias en las tendencias políticas, los grupos de amigos se disuelven o llegan a acuerdos absurdos como evitar ciertos temas (política, religión).

Pues bien, yo tengo una propuesta: tomémonos un tinto, seamos amigos. Alrededor del aroma de un café, escuchemos, no para refutar o tener la razón; escuchemos porque todos tenemos algo qué decir, qué compartir, qué enseñar; escuchemos, y si algo se revuelve dentro de nosotros, cuando nuestro interlocutor exprese una idea que no se parezca a nuestras convicciones o creencias, ¿qué tal si levantamos la taza de café y saboreamos esa deliciosa bebida mientras escuchamos? Entiendo, a veces es difícil, nuestra mente libra batallas, quiere interrumpir a la mitad, mostrar el error, descalificar, pontificar, gritar que el otro está equivocado. Esa mente maravillosa que sirve para crear, imaginar, recordar, inventar, celebrar, bendecir, es una experta en juzgar, acusar, descalificar, agredir, violentar, manipular, aplastar. Es como tener a un ángel y a un diablito, susurándonos al oído al mismo tiempo.

Tomémonos un tinto, seamos amigos. Y cuando digo amigos, digo seres humanos, tan parecidos en un montón de cosas, tan habitantes del mismo planeta, tan únicos. Pero al mismo tiempo, tan diferentes, tan llenos de historias propias, percepciones, maneras de pensar, dolores, miedos, formas de ver, sentir y vivir la vida. No es posible que pensemos igual, pero…¿para qué queremos ser iguales? Si eso es lo que queremos, no salgamos de la casa, sentémonos frente a un espejo a conversar con nosotros mismos. ¿Loco? Si. Pero…es más loco querer que los demás piensen igual que nosotros.

Tomémonos un tinto, seamos amigos. Aprendamos a decir, después de escuchar, lo que pensamos, pero con respeto, no sólo por quien nos habla, sino por nosotros mismos, por nuestra inteligencia, esa que se supone, nos hace tan superiores a las demás especies.

Tomémonos un tinto, escuchemos con atención, respondamos con respeto, pidamos otro tinto, volvamos a encontrarnos, seamos amigos.

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