¡Cómo has cambiado!

Hace poco, en una reunión de amigas, saqué una foto de cuando tenía diez y siete años, orgullosa de esa belleza y lozanía que se despliega cuando la adolescencia quiere llegar a su final y la adultez se va acercando, así como quien no quiere la cosa. Una de ellas la miró, me miró a mí y me dijo: ¿Eres tu? !Cómo has cambiado!”. Miré la foto, me miré a mí misma y efectivamente, era muy diferente a mí. Quizás, mirando en detalle, era posible notar que la nariz de ambas era igual; las cejas de ella eran un poco más pobladas, sus mejillas tenían la tierna redondez de los cachorros, los labios, tal vez más gruesos, el pelo largo, oscuro, la inocencia intacta. Definitivamente, mi amiga tenía razón, la de la foto y yo, no parecíamos ser la misma persona. Al principio no me gustó el comentario, lo acepto y me di cuenta, de que aún persiste en mí una vanidosa terquedad, empeñada en retener algo de esa juventud física, de esa inexperiencia tan necesaria, de esos sueños que no sabía si podrían llegar a cumplirse o no.

El asunto quedó dando vueltas en mi cabeza, hasta que una voz me dijo, en susurro, “recuerda, TODO CAMBIA” y…me senté a escribir.

La seguridad de lo permanente

Photo by Magda Ehlers on Pexels.com

Entre las parejas es frecuente el uso de frases como “Has cambiado”, “Ya no eres como antes”, “Las cosas ya no son como eran”, “¿A dónde se fue la persona que yo conocía?”, “Tu no eras así”, “Quiero que volvamos a ser como antes”. Y aunque nuestro cerebro entiende perfectamente que lo lógico es el cambio, que nos vamos transformando a medida que transcurre la vida, una parte de nosotros conserva la esperanza de que esas cosas, que en teoría nos hicieron felices, sigan intactas.

Cuando somos niños, todo es cambio, cada día trae aprendizajes nuevos, la vida es una aventura permanente, crecemos sin cesar, los dientes se caen, vuelven a salir, las rodillas sangran, sanan, el vocabulario aumenta, las ideas se hacen más complejas, llegan nuevas preguntas, el mundo, la vida, son un mapa del tesoro, infinito. Y ni hablar de la adolescencia, el cuerpo se transforma por completo, también la manera de ver la vida, las relaciones, los sueños. Entonces, con el paso del tiempo, y sin darnos cuenta, poco a poco, empezamos a desear que la rueda de la vida se detenga, que haya un lugar de llegada, dónde quedarse y descansar. Y aunque sabemos que el tiempo no se detiene, nos empecinamos en intentar ralentizar su paso y nos aferramos, como rémoras, a los recuerdos, a esos momentos irrepetibles, a ese deseo tan humano y también tan frustrante, de querer que todo vuelva a ser igual.

Lo que permanece

Ana María 1980

Volvamos a mi fotografía de cuando tenía diez y siete años. Gracias a que siempre he llevado diarios, y sobre todo, a que los he guardado con celo, como tesoros, puedo darme el lujo de saber cómo sentía la vida sin tener que pasar por los filtros de la memoria, que se empeña en modificar los recuerdos cada vez que los traemos a la conciencia. Sin embargo, cuando leo esas páginas llenas de sueños, confusiones, preguntas, lo hago desde la mujer adulta de hoy, como quien mira un paisaje lejano.

Y me di a la tarea de acomodar esas dos versiones de mí (en todas mis dimensiones, no sólo la física), una al lado de la otra; entonces observé que algo había sobrevivido al paso del tiempo. Descubrí una esencia, que a pesar de ser invisible, subsiste; no valen las canas, las líneas de expresión, el centímetro de estatura que se me perdió en algún lugar del camino, los amores, desamores, los sueños cumplidos y también olvidados, las velas apagadas una y otra vez en cada celebración de cumpleaños, los caminos recorridos, desviados y hasta repasados.

Ana María 2020

Fue un ejercicio sobrecogedor, desafiante, pero valió la pena. No todo lo que vi, me gustó. Me gusta la mujer de hoy, que se parece a la de ayer, esa que creía en utopías, que se hacía preguntas sin cesar, que entre menos entendía, más buscaba, que registraba sus pensamientos, que inventaba a toda hora historias en la mente, que quería salvar al mundo. Sin embargo, no me parezco a la del pasado en otros aspectos, como la relación con su cuerpo, con el amor, con la culpa y con un montón de creencias que he ido desmontando poco a poco, lo cual me permite ser más libre, más liviana, más feliz.

Misión posible

Photo by Miriam Espacio on Pexels.com

Mi invitación, si es que quieren aceptar la misión, como en la serie que acompañó por años nuestra niñez y adolescencia, es a mirarse frente a frente con esas otras versiones del pasado, de manera amable, compasiva, desapegada, valiente. Mi invitación, es a reconocer su esencia, esa que permanece, que puede haber quedado rezagada o escondida tras las obligaciones, los “ires y venires”, esa, que cuando logra escaparse, hace desaparecer el tiempo, libera los sueños y nos recuerda, que la juventud, se lleva adentro.

Para despedirme, un regalo. Feliz reencuentro.

6 comentarios sobre “¡Cómo has cambiado!

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  1. Las vivencias enriquecen a las personas . Fui afortunada de conocer a esta mujer maravillosa, a la que admiro porque me ha contagiado de su disciplina para mantener equilibrio entre mente cuerpo y espíritu .

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