Pienso diferente…¿y?

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El fragmento a continuación, nos introduce al tema que quiero presentar: el pensar diferente. La fuente la pueden encontrar en link al final del párrafo. «Estar en desacuerdo, poder expresarlo y que nada cambie es un regalo. Tener una amistad, una relación de pareja o un familiar con quien disentir en diversos aspectos y que ello no derive en discusiones o distancias es un alivio y un ejercicio de bienestar. Porque admitámoslo, nada es tan difícil de manejar como esas discrepancias que hacen emerger emociones negativas.» https://lamenteesmaravillosa.com/me-gusta-la-gente-con-la-que-puedo-estar-en-desacuerdo/

Los encuentros familiares, en especial los que se realizan durante las fiestas tradicionales (navidad, cumpleaños, día de la madre, etc.), son caldo de cultivo para los desacuerdos y el cobro de viejas rencillas (que se creían resueltas). Las emociones están a flor de piel, el pasado se mezcla con el presente de maneras traviesas y peligrosas, la reunión puede terminar en fracaso total: lágrimas, portazos y personas que se aman y dejan de hablarse por un buen (o mal) tiempo.

Al cumplir años, no siempre nos hacemos más tolerantes. Con frecuencia las experiencias y las emociones que ellas generan, empiezan a hacer torres torcidas, edificios construidos por un arquitecto rebelde y creativo llamado, MEMORIA. Si, esa memoria que tanto tememos perder con la llegada de la vejez, no es para nada confiable. Vamos cambiando la versión de los hechos con el tiempo, con nuestras propias transformaciones y aunque nos cueste aceptarlo, con nuestros olvidos. A veces olvidar se vuelve una manera de defendernos de un pasado doloroso o una forma de dejar guardado en un cajón aquello que quisiéramos dejar atrás, pero que regresa en el momento menos pensado y nos agarra «fuera de base», o como diría una amiga mía «con los calzones abajo».

Pertenecer a una misma familia, grupo de amigos, empresa, religión, deporte, en fin, a cualquier grupo que nos brinde algún tipo de sensación de pertenencia, no implica que, automáticamente, todos pensemos de la misma manera. Es más, si así fuera, la vida sería una cosa plana, eso sí, tranquila (en apariencia), pero ausente de retos, aprendizajes, transformaciones, como quien dice, una utopía que persiguen quienes no soportan los desacuerdos, las diferencias y las confrontaciones.

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Quienes pasamos de los cincuenta años y más, hemos conocido un número incontable de personas. Con algunas hemos tenido relaciones de segundos, con otras, de décadas. Algunas de ellas nos han marcado por diferentes razones, otras, han pasado prácticamente desapercibidas por nuestra conciencia. Pero todas, sin excepción, han dejado alguna huella. Dicen por ahí que uno recuerda a su maestro más estricto y al más querido; a veces los dos están en la misma persona. El estricto nos fortalece, el segundo, nos abraza. Nos hemos vuelto adictos a los abrazos y fóbicos con todo aquello que nos confronte.

La historia de la humanidad está llena de ejemplos de mentes rebeldes que han permitido ir más allá, que han sido la semilla de transformaciones no solo increíbles, sino necesarias, en los campos de la ciencia, el arte, las humanidades, la espiritualidad; personas que se han permitido disentir, que han sufrido ataques, que han sido inclusive, condenados a muerte. Esa misma historia también está llena de ejemplos de inclusión, diálogo, construcción colectiva, generosidad, compasión; esfuerzos individuales y grupales para aprovechar las diferencias en beneficio de la humanidad.

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Yo me pregunto, ¿de qué sirve haber vivido tanto, si en lugar de buscar puntos de intersección y aprendizaje en nuestras relaciones, nos pasamos la vida entrando en guerra con lo que nos diferencia? Y no estoy diciendo que nos volvamos permisivos con el maltrato, la violencia y las injusticias. Tampoco que seamos indiferentes. Hablo de ser críticos y de entender que no siempre mi posición es la correcta, que mi pensamiento es la verdad y que, por el hecho de haber pasado el medio siglo o más, sea cierto ese viejo refrán con el que para nada estoy de acuerdo: Loro viejo no aprende a hablar. Yo, por mi parte, con todo el respeto que siento por los loros, no soy uno de ellos y me atrevería a pensar, que hasta los loros viejos pueden aprender a hablar.

Mi propuesta:

APRENDAMOS A ESCUCHAR, A CRECER CON LA DIFERENCIA, QUE ELLA NOS SIRVA PARA EXTENDER PUENTES EN LUGAR DE CONSTRUIR MUROS QUE NOS DIVIDAN. PARA TODOS, LA MEJOR NAVIDAD POSIBLE Y QUE EN SUS REUNIONES FAMLIARES, HAYA PAZ, ARMONÍA Y APERTURA A LA DIFERENCIA.

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Por cincuentanezymas

Mujer, amiga, hermana, madre, educadora, loca, cuerda, trabajadora, vaga, deportista,creativa, independiente, librepensadora,audaz, temerosa. Un ser humano común y corriente, enamorada de la vida.

7 comentarios

  1. Por eso es bonita la vida porque hace que el aprendizaje sea un sinónimo de conciencia, son retos, comparto contigo que uno de los más grandes es el de la aceptación…buen artículo, gracias 🤩

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  2. Ana María, muy apropiada la reflexión para esta época de reuniones familiares. Que prevalezca el amor y gracias a Dios por las diferencias que como dices enriquecen, emocionan y nos ayudan a ser mejores. Claro que se requiere respeto, empatía, comprensión, tolerancia y amor. Feliz Navidad 🎉, gracias por lo que compartes en tu blog. Bendiciones

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  3. De nuevo has tocado un tema bastante necesario y pertinente en esta época navideña y de encuentros familiares. Gracias por enriquecer el abanico de posibilidades de convivencia y bienestar entre nosotros los seres que cada vez debería tender a ser más humanos. Un abrazo. Liliana

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  4. Anita muy buenas reflexiones…el arte es poder aprender a respetar otros puntos de vista y no tratar de imponer el propio. Cuanto nos cuesta aceptar las diferencias especialmente de la familia…un abrazo navideño.

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