El valor de lo cotidiano

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Levantarse temprano, preparar un café, hacer ejercicio, meditar, sacar a pasear a la mascota, leer el periódico o los mensajes en el celular, tender la cama, etc. Estamos llenos de rutinas y rituales. Incluso quien se precie de no tenerlos, los tiene, son inherentes a la vida.

Hubo un tiempo en el que yo le tenía un poco de desprecio a lo rutinario, a lo doméstico, a eso que se hace todos los días. Tenía la creencia de que la rutina mata la creatividad, el amor, la chispa de la vida.

Pero es cierto que cuando uno va cumpliendo años, empieza a ver de otra manera. Y experiencias como estar encerrados en la pasada pandemia, hizo que muchos de nosotros, casi obligados, aprendiéramos a valorar lo cotidiano. En mi caso, fue cuestión de supervivencia, de vivir un día a la vez en medio de la zozobra de no poder salir, trabajar, de no saber a qué nos enfrentábamos, del miedo a la muerte, a la asfixia, a ese virus que se nos vino encima sin previo aviso.

Y entonces las rutinas, los pequeños rituales diarios vinieron en nuestro auxilio, o al menos ese fue mi caso: nunca fui buena cuidando plantas (se me secaba un cactus); hoy, tengo un jardín en mi balcón al que cuido con esmero; siempre me gustó el café, pero aprendí a sentarme con calma a olerlo y degustarlo; diseñé un pequeño rincón de escritura, con el mismo pequeño escritorio de siempre, lo ubiqué en el balcón, al lado de las plantas y frente a la calle, donde podía ver los pájaros posarse en las ramas del árbol que parece querer entrar a saludarme; aprendí a sacarle gusto a las madrugadas y seguí madrugando para meditar en medio de un silencio sólo roto por el canto de los pájaros.

Muchas rutinas acompañaron mi encierro. Algunas no sobrevivieron, otras, aún me acompañan y quizás haya adquirido algunas nuevas. Hábitos que hacen mi vida no más segura, pero sí más cálida, como por ejemplo alistar el termo de café antes de sentarme frente al teclado, sacar a mi perrita a las seis de la mañana y esperar con paciencia a que haga sus necesidades, llamar por teléfono a mis amigas más cercanas para preguntarles cómo amanecieron, sonreír cuando a las ocho de la mañana en punto pasa el camión de la basura, a las ocho y media escucho al vendedor de mazamorra, champús, arepa y bocadillo, a las once pasa el vendedor de aguacates para el sancocho y los fríjoles, y por la tarde suena la campanita del vendedor de helados.

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Está de moda un tik tok en el que una joven mujer descubre que se está volviendo una «señora», porque ha empezado a hablarle a sus plantas y no puede ver la cocina sucia. Qué risa y qué real ese pánico a volverse señora, como si fuera una maldición, y como si las rutinas fueran la prueba de estar envejeciendo. Pero no hay forma de escapar de ellas. ¿Qué hay de las nuevas rutinas asociadas a la tecnología?

Por varios años monté en bicicleta cada domingo (espero retomarlo). Añoro, además de rodar por la carretera con mi grupo, el ritual de alistar la bicicleta, el casco, el termo con agua, la ropa que iba a usar al día siguiente, llegar al lugar de encuentro, saludar a los amigos, revisar el aire en las llantas, decidir a dónde iríamos. Las rutinas formaban parte del paseo, aunque siempre había imprevistos, un cambio de planes, alguien que llegaba tarde, un pinchazo, una caída. Bellos recuerdos.

Quien me conoce sabe que soy de aventuras, que me emocionan los nuevos retos y experiencias aunque en el fondo me muera del miedo, pero también he aprendido el valor de las rutinas, de los rituales, de esas pequeñas cosas que necesitamos para que la angustia de saber que en el fondo nada es seguro, que la incertidumbre nos acompaña a cada paso, no nos hunda en la zozobra.

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Ahora bien, quiero rescatar el valor de lo cotidiano, de lo doméstico, de lo rutinario, que no es lo mismo que vivir la vida en un círculo eterno de experiencias repetidas. No es posible que nada de lo que hagamos, se reproduzca cada día sin hacer ninguna diferencia.

Es en la mirada que la vida, aunque rutinaria, puede también ser una aventura: descubrir un trino nuevo entre los pájaros que anidan frente a mi ventana, aspirar un poco más el café de la mañana, descubrir que el señor de la silla de ruedas en el semáforo donde siempre me detengo se ha dejado el bigote, experimentar un cambio en la receta para hacer los fríjoles, llamar a un amigo con quien no hablo desde hace tiempo, ponerme una blusa que hace rato tengo olvidada, saludar al portero y llevarle un cafecito, cambiar de lugar algunos muebles, releer un viejo libro, volver a mirarse a los ojos antes de darse un beso.

Sólo me resta decir que en mi experiencia, los rituales, las pequeñas rutinas cotidianas, le dan un sabor dulce a mi vida y que el aburrimiento sólo llega cuando dejo de saborearme el momento, cuando soy yo la que me estanco, la que me niego a mi misma, estrenar nuevas miradas.

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Por cincuentanezymas

Mujer, amiga, hermana, madre, educadora, loca, cuerda, trabajadora, vaga, deportista,creativa, independiente, librepensadora,audaz, temerosa. Un ser humano común y corriente, enamorada de la vida.

4 comentarios

  1. Bonito como describes el camino de la rebeldía hacia el instante que te hace consciente de tu observación, de tus sentidos, de tu amor.
    Caminar para entender que los pensamientos están a nuestro servicio, es llegar con una sonrisa en mi silencios y con una palabra para ls plantas…felicitaciones!!

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  2. Creo que a medida que nos “aseñoramos”, le damos mas valor a la alegría. La alegría de estar vivos, de compartir y vivir el momento. Asi sea con el silencio, los pajaros, las plantas y lo que denominas lo cotidiano. Gracias, muy lindo.

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  3. Querida Anita, me encanta tu artículo, cómo te conozco desde hace tantos años, fue muy gracioso imaginarte haciendo cada cosa. Estoy totalmente de acuerdo, los rituales y las cosas Cotidianas por más pequeñas que sean, son valiosas y a mi me proporcionan felicidad y muchas paz, nuestra casa es nuestro templo!

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